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Saturday, 12 de September de 2026
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Cultura

Mon Laferte: una trayectoria que une experimentación, raíz y escenario

La artista ha construido una voz reconocible al cruzar tradición latinoamericana, riesgo creativo y una poderosa presencia escénica.

Por Camila Rojas··8 min de lectura
Cantante chilena interpretando una canción en un escenario

Mon Laferte ha construido una de las trayectorias más reconocibles de la música latinoamericana contemporánea a partir de una combinación poco predecible: formación popular, sensibilidad de cantautora, vocación experimental y una presencia escénica capaz de moverse entre la intimidad y el exceso. Su obra no se limita a una sola tradición. En ella conviven el bolero, el rock, la canción de autor, la cumbia, el pop, la música mexicana y distintas expresiones de la raíz latinoamericana.

Nacida como Norma Monserrat Bustamante Laferte en Viña del Mar en 1983, la artista comenzó su carrera pública en Chile antes de trasladarse a México, país en el que desarrolló una parte decisiva de su identidad musical. Esa experiencia entre ambas orillas del continente se convirtió en un rasgo central de su lenguaje: sus canciones pueden dialogar con la memoria chilena y, al mismo tiempo, adoptar formas, sonidos e imaginarios compartidos por distintas comunidades latinoamericanas.

De la formación televisiva a una voz propia

Su primera exposición masiva en Chile ocurrió durante su participación en el programa Rojo, fama contrafama, espacio televisivo que marcó a una generación de intérpretes a comienzos de la década de 2000. En ese contexto apareció inicialmente como una cantante de registro potente y formación ligada a la interpretación, pero con el tiempo su carrera se alejó de los moldes de la televisión musical.

El traslado a México amplió sus referencias y le permitió desarrollar una propuesta menos dependiente de las categorías del mercado chileno. Sus primeros trabajos discográficos mostraron una búsqueda todavía abierta, en la que el rock, el pop y la canción confesional funcionaban como puntos de partida. Esa etapa fue importante no solo por los discos publicados, sino también porque consolidó una manera de escribir desde la vulnerabilidad, el deseo, la pérdida y la contradicción.

La canción como espacio de mezcla

La evolución de Mon Laferte se percibe con claridad en la forma en que sus canciones incorporan géneros asociados a distintas épocas y territorios. El bolero aparece como una estructura para hablar del desamor y la exposición emocional; la cumbia aporta movimiento y dimensión colectiva; el rock ofrece tensión y energía; mientras que la balada permite detenerse en la voz y en la palabra.

En discos como Mon Laferte (Vol. 1), La trenza y Norma, esa mezcla dejó de ser un recurso ocasional y pasó a convertirse en una identidad. La artista no utiliza la tradición como una pieza de museo, sino como un material vivo que puede transformarse. Sus arreglos y melodías reconocen una memoria musical latinoamericana, pero la presentan con una producción contemporánea y una interpretación marcada por el dramatismo.

En su repertorio, la emoción no funciona como un adorno: es una forma de organizar la canción, la puesta en escena y la relación con quienes escuchan.

“Amárrame” y la ampliación del mapa latinoamericano

La colaboración con Juanes en “Amárrame”, incluida en La trenza, representó un momento especialmente visible de esa apertura. La canción tomó elementos de la cumbia y del pop latino para construir un diálogo entre dos intérpretes con trayectorias diferentes. Su alcance ayudó a situar a Mon Laferte en un espacio continental, sin borrar la personalidad intensa y teatral que ya caracterizaba su trabajo.

La amplitud de su obra también se relaciona con la elección de colaboradores y con su disposición a cruzar escenas musicales. En lugar de entender la identidad latinoamericana como un sonido único, su repertorio la aborda como una conversación entre acentos, ritmos y memorias. Chile está presente, pero no como una frontera estética cerrada: aparece junto con México y con otras tradiciones de la región.

Una estética visual inseparable de la música

La dimensión visual ocupa un lugar fundamental en su propuesta. El vestuario, el maquillaje, el peinado y los gestos escénicos no son elementos secundarios, sino parte de la narración de cada etapa. La artista ha recurrido a referencias del bolero, del cine, del cabaret, de la cultura popular y de la iconografía latinoamericana para crear imágenes que pueden ser delicadas, exuberantes o deliberadamente incómodas.

Sus videoclips y presentaciones suelen trabajar con contrastes: colores intensos junto a momentos de austeridad, glamour junto a crudeza, humor junto a dolor. Esa tensión evita que la imagen sea simplemente decorativa. La convierte en una extensión de las canciones y en un modo de poner en escena las distintas facetas de una personalidad artística que no busca permanecer fija.

Entre la intimidad y la conciencia pública

Una parte importante de su conexión con el público proviene de la franqueza con que aborda experiencias personales. El amor, la separación, la maternidad, el cuerpo y la incertidumbre aparecen en su obra sin quedar reducidos a fórmulas sentimentales. La interpretación vocal —con cambios de intensidad, quiebres y silencios— refuerza la sensación de que cada canción está siendo atravesada en tiempo real.

Al mismo tiempo, Mon Laferte ha utilizado su visibilidad para expresar posiciones sobre asuntos sociales y políticos. Su participación en el debate público chileno durante el estallido social de 2019 mostró que su figura excedía el ámbito estrictamente musical. Como ocurre con cualquier artista, sus intervenciones pueden generar adhesión, discusión o crítica; precisamente por eso forman parte de la conversación cultural que rodea su carrera.

La pintura y otras formas de creación

Su práctica artística también se ha extendido a la pintura. Esta faceta no debe entenderse como una actividad separada de la música: comparte con sus canciones el interés por el cuerpo, el color, la memoria y la expresión emocional. La pintura le ofrece otro ritmo de trabajo y otra manera de construir imágenes, sin la dependencia de la melodía o de la duración de una presentación.

La coexistencia entre música, imagen y performance ayuda a comprender por qué su trayectoria resulta difícil de encerrar en una sola categoría. Mon Laferte es intérprete, compositora y creadora visual, pero también una figura que ha sabido convertir sus cambios de etapa en parte de su relato artístico.

Una obra en movimiento

Desde la exploración inicial de sus primeros discos hasta trabajos como Seis, 1940 Carmen y Autopoiética, su catálogo revela una voluntad persistente de cambiar de perspectiva. Hay proyectos más cercanos a la tradición mexicana, otros que privilegian la canción de autor y otros que se abren a la experimentación sonora y conceptual. Esa diversidad no elimina la continuidad: la voz, el dramatismo y la búsqueda de una verdad emocional siguen funcionando como ejes.

Su reconocimiento internacional —que incluye premios Latin Grammy y un Grammy por Seis— confirma la dimensión de una carrera que se formó entre Chile y México, pero que encontró interlocutores en toda América Latina y más allá. El dato más significativo, sin embargo, no está solo en los galardones, sino en la capacidad de sus canciones para circular entre públicos distintos sin perder su acento personal.

Una relación abierta con Chile

La relación de Mon Laferte con Chile se expresa de varias maneras: en el origen de su formación, en los recuerdos que atraviesan algunas canciones, en su participación en discusiones públicas y en la atención que presta a las tensiones sociales de su país natal. No se trata de una representación única de Chile, sino de una mirada personal, marcada por la distancia, el regreso y la experiencia de vivir entre contextos culturales diferentes.

Su recorrido también refleja una realidad frecuente para los artistas chilenos: la necesidad de ampliar sus espacios de desarrollo sin desprenderse por completo del lugar de origen. En su caso, México no significó una ruptura absoluta, sino una segunda plataforma desde la cual pudo reordenar influencias, construir nuevas alianzas y proyectar una identidad latinoamericana más amplia.

Por qué su trayectoria sigue siendo relevante

Mon Laferte ha conseguido algo especialmente complejo: convertir la transformación en una forma de continuidad. Cada etapa modifica el sonido o la imagen, pero conserva una preocupación por la emoción, la identidad y la posibilidad de dialogar con distintas tradiciones. Su carrera recuerda que la música popular latinoamericana puede ser profundamente accesible y, al mismo tiempo, estar llena de capas históricas, visuales y políticas.

Más que una artista definida por un género, es una creadora que utiliza los géneros como materiales. Allí reside buena parte de su singularidad: en la capacidad de pasar del susurro al grito, del bolero a la cumbia, del escenario íntimo a la imagen monumental, sin dejar de interrogar qué significa cantar desde Chile hacia un continente diverso.

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